Mi versión de lo sucedido
Recuerdo con extraña exactitud los sucesos de aquella noche. Caía la tarde y con ella mis pensamientos. Habían pasado ya veinte años desde aquel verano en Italia, pero el recuerdo seguía intacto en mi memoria. No fue culpa mía, no es algo de lo que tenga que preocuparme en exceso. La señora Forbes no tenía que haber muerto, no debía morir, no quería que muriese, yo no la maté. Mi hermano se suicidó al día siguiente. Le vi correr llorando hacia el acantilado, buscando la redención.
Me encontraba paseando por las calles de Cartagena, frías y medio vacías, con su aire decadente y pretencioso del “fui y no me acostumbro a no ser“. Las minas y las fábricas habían formado un puré de guisantes que se hacía especialmente irrespirable cuando la luz se filtraba por las nubles, las cuales, rojizas y vivas, contrastaban enormemente con el aire de la ciudad. Veinte años. Los recuerdos volvían cada aniversario, me atormentaban como una película y los sentimientos eran tan fuertes que me costó dar crédito cuando le vi.
El viento peinaba sus canas y el frío dirigía su cuerpo hacia el suelo. Me fijé en su mirada: estaba perdida, ahogada en vino. Tardó poco en reconocerme, a pesar de que los años habían hecho mella en mis facciones, y aunque ya no era el niño que conoció, por dentro nunca dejé de serlo.
Oreste me saludó calurosamente y convenimos tomar algo en el bar del Casino. De camino encontramos un grupo de vagabundos en la plaza del ayuntamiento, uno de ellos cantaba en alemán; se me erizó el vello de todo el cuerpo. Mi viejo amigo parecía no darse cuenta de todos esos signos, del día que era. Quizá el mal presagio sólo vivía en mi imaginación.
Nos sentamos en la barra y pedimos un par de güisquis, los cuales soltaron nuestras lenguas para relatar el uno al otro lo que había sido de nuestras respectivas vidas. Oreste había continuado ganándose la vida como profesor de natación, aunque la vida no le sonrió demasiado y marchó a Australia a trabajar gracias a la intervención de su hermano. No soltó mucho más, lo único que recuerda de Italia es que no quiere volver, y me turbó el hecho de que no quisiera decirme cómo se ganaba la vida ni por qué estaba en Cartagena, sólo pidió cambiar de tema con un hilo de voz.
El camarero nos miraba de reojo, especialmente a Oreste, que hablaba ruidosamente acerca de las mujeres que había conocido en Francia durante sus años mozos. Nos cambiaba los vasos sin preguntarle y, poco a poco, el sentimiento de libertad que da el alcohol se iba apoderando tanto de mi ser como de Oreste. No sé cómo puedo acordarme del siguiente capítulo de la noche, es posible que las fuerzas que me empujaran a todo esto se encargaran también de proporcionarme la luz necesaria para verlo todo con claridad al día siguiente. El caso es que acabamos entablando amistad con el camarero, que nos llevó a otro local donde tenía que cubrir un turno en cuanto cerrara el Casino. Recuerdo bien el sitio porque había pasado por delante decenas de veces, sin percatarme en ningún momento que aquella especie de licorería tenía una segunda puerta, siempre cerrada. Esta puerta daba a una sala pequeña con unas escaleras que sólo bajaban. Lo que vi me aturdió: un café-teatro en el que misteriosas damas enmascaradas bailaban al son de un piano desvencijado. Las paredes, de un negro brillante, sujetaban lamparillas de luz de color azul verdoso. Las mesas, de madera oscura, poseían una vela en el centro cada una. Me causó placer encontrar un lugar así en la ciudad, el ambiente era ya de por sí embriagador, sin tener en cuenta el alcohol o las drogas que se hubiese tomado antes de entrar. El sitio llamaba a olvidarse de uno mismo y eso era precisamente lo que yo andaba buscando. Oreste se llevó a una de las señoritas a un rincón íntimo, le observé enajenado en un sillón. Fue entonces cuando la vi. Tendría unos veinte años o quizá más, susurrados al oído. Se paseaba lentamente por la sala, muy ligera de ropa. Llevaba el pelo recogido de tal forma que sólo permitía a un par de tirabuzones caer sobre sus pechos. Mi miró a los ojos durante tres segundos, me acerqué decidido y, sin mediar palabra, la besé. Su boca sabía a pintalabios, su cuello a perfume barato, su maquillaje no le hacía honor pero, pese a todo, esa mujer me estaba volviendo loco. Quise hacerle el amor allí mismo, beber de sus pechos, oír su respiración entrecortada, conocer cada rincón de su cuerpo. Ella lo notó y me llevó detrás del teatro, donde una escalerilla conducía a lo que parecía haber sido una casa. Subimos más y más escaleras hasta llegar a un ático, el cual tenía un balcón que reinaba sobre el mar. Allí, bajo un cielo sin luna, se entregó a sus pasiones y a las mías.
Cuando volvimos a la habitación, la vela se había consumido y reinaba la oscuridad. Nos tumbamos el uno al lado del otro. Nunca llegué a oír una palabra salir de su boca.
Quedamos en estado de ensoñación, aunque sin llegar a conciliar el sueño, pues una extraña sensación se apoderó de mi cuerpo. Quise hacer mía a esa mujer una y otra vez, a pesar de que ella negaba con la cabeza. No quise darme de cuenta de que poco a poco su respiración se entrecortaba más, de que su entrepierna sangraba. No quise mirarla a los ojos, pues cerré los míos y con ello mi puerta al mundo. Para cuando los abrí, ella había muerto.
Oreste estaba en la habitación de la lado, gritaba como un cerdo en el matadero. Corrí a su encuentro y contemplé con horror que la mujer objeto de sus deseos también estaba muerta, cosida a puñaladas. El terror se apoderó de mí, por un instante pude ver el rostro de la señora Forbes en los restos de aquella mujer. Oreste tenía la cara desencajada, estaba desnudo y lleno de sangre. Le puse algo de ropa como pude y lo arrastré a la escalera. De repente, sin que pudiera impedirlo, salió corriendo en dirección al balcón. Sólo pude oír el sonido de su cuerpo fundiéndose con el mar.
Recuerdo con extraña exactitud los sucesos de aquella noche. Caía la tarde y con ella mis pensamientos. Habían pasado ya veinte años desde aquel verano en Italia, pero el recuerdo seguía intacto en mi memoria. No fue culpa mía, no es algo de lo que tenga que preocuparme en exceso. La señora Forbes no tenía que haber muerto, no debía morir, no quería que muriese, yo no la maté. Mi hermano se suicidó al día siguiente. Le vi correr llorando hacia el acantilado, buscando la redención.
Me encontraba paseando por las calles de Cartagena, frías y medio vacías, con su aire decadente y pretencioso del “fui y no me acostumbro a no ser“. Las minas y las fábricas habían formado un puré de guisantes que se hacía especialmente irrespirable cuando la luz se filtraba por las nubles, las cuales, rojizas y vivas, contrastaban enormemente con el aire de la ciudad. Veinte años. Los recuerdos volvían cada aniversario, me atormentaban como una película y los sentimientos eran tan fuertes que me costó dar crédito cuando le vi.
El viento peinaba sus canas y el frío dirigía su cuerpo hacia el suelo. Me fijé en su mirada: estaba perdida, ahogada en vino. Tardó poco en reconocerme, a pesar de que los años habían hecho mella en mis facciones, y aunque ya no era el niño que conoció, por dentro nunca dejé de serlo.
Oreste me saludó calurosamente y convenimos tomar algo en el bar del Casino. De camino encontramos un grupo de vagabundos en la plaza del ayuntamiento, uno de ellos cantaba en alemán; se me erizó el vello de todo el cuerpo. Mi viejo amigo parecía no darse cuenta de todos esos signos, del día que era. Quizá el mal presagio sólo vivía en mi imaginación.
Nos sentamos en la barra y pedimos un par de güisquis, los cuales soltaron nuestras lenguas para relatar el uno al otro lo que había sido de nuestras respectivas vidas. Oreste había continuado ganándose la vida como profesor de natación, aunque la vida no le sonrió demasiado y marchó a Australia a trabajar gracias a la intervención de su hermano. No soltó mucho más, lo único que recuerda de Italia es que no quiere volver, y me turbó el hecho de que no quisiera decirme cómo se ganaba la vida ni por qué estaba en Cartagena, sólo pidió cambiar de tema con un hilo de voz.
El camarero nos miraba de reojo, especialmente a Oreste, que hablaba ruidosamente acerca de las mujeres que había conocido en Francia durante sus años mozos. Nos cambiaba los vasos sin preguntarle y, poco a poco, el sentimiento de libertad que da el alcohol se iba apoderando tanto de mi ser como de Oreste. No sé cómo puedo acordarme del siguiente capítulo de la noche, es posible que las fuerzas que me empujaran a todo esto se encargaran también de proporcionarme la luz necesaria para verlo todo con claridad al día siguiente. El caso es que acabamos entablando amistad con el camarero, que nos llevó a otro local donde tenía que cubrir un turno en cuanto cerrara el Casino. Recuerdo bien el sitio porque había pasado por delante decenas de veces, sin percatarme en ningún momento que aquella especie de licorería tenía una segunda puerta, siempre cerrada. Esta puerta daba a una sala pequeña con unas escaleras que sólo bajaban. Lo que vi me aturdió: un café-teatro en el que misteriosas damas enmascaradas bailaban al son de un piano desvencijado. Las paredes, de un negro brillante, sujetaban lamparillas de luz de color azul verdoso. Las mesas, de madera oscura, poseían una vela en el centro cada una. Me causó placer encontrar un lugar así en la ciudad, el ambiente era ya de por sí embriagador, sin tener en cuenta el alcohol o las drogas que se hubiese tomado antes de entrar. El sitio llamaba a olvidarse de uno mismo y eso era precisamente lo que yo andaba buscando. Oreste se llevó a una de las señoritas a un rincón íntimo, le observé enajenado en un sillón. Fue entonces cuando la vi. Tendría unos veinte años o quizá más, susurrados al oído. Se paseaba lentamente por la sala, muy ligera de ropa. Llevaba el pelo recogido de tal forma que sólo permitía a un par de tirabuzones caer sobre sus pechos. Mi miró a los ojos durante tres segundos, me acerqué decidido y, sin mediar palabra, la besé. Su boca sabía a pintalabios, su cuello a perfume barato, su maquillaje no le hacía honor pero, pese a todo, esa mujer me estaba volviendo loco. Quise hacerle el amor allí mismo, beber de sus pechos, oír su respiración entrecortada, conocer cada rincón de su cuerpo. Ella lo notó y me llevó detrás del teatro, donde una escalerilla conducía a lo que parecía haber sido una casa. Subimos más y más escaleras hasta llegar a un ático, el cual tenía un balcón que reinaba sobre el mar. Allí, bajo un cielo sin luna, se entregó a sus pasiones y a las mías.
Cuando volvimos a la habitación, la vela se había consumido y reinaba la oscuridad. Nos tumbamos el uno al lado del otro. Nunca llegué a oír una palabra salir de su boca.
Quedamos en estado de ensoñación, aunque sin llegar a conciliar el sueño, pues una extraña sensación se apoderó de mi cuerpo. Quise hacer mía a esa mujer una y otra vez, a pesar de que ella negaba con la cabeza. No quise darme de cuenta de que poco a poco su respiración se entrecortaba más, de que su entrepierna sangraba. No quise mirarla a los ojos, pues cerré los míos y con ello mi puerta al mundo. Para cuando los abrí, ella había muerto.
Oreste estaba en la habitación de la lado, gritaba como un cerdo en el matadero. Corrí a su encuentro y contemplé con horror que la mujer objeto de sus deseos también estaba muerta, cosida a puñaladas. El terror se apoderó de mí, por un instante pude ver el rostro de la señora Forbes en los restos de aquella mujer. Oreste tenía la cara desencajada, estaba desnudo y lleno de sangre. Le puse algo de ropa como pude y lo arrastré a la escalera. De repente, sin que pudiera impedirlo, salió corriendo en dirección al balcón. Sólo pude oír el sonido de su cuerpo fundiéndose con el mar.
***
Desperté envuelto en sudor, me vestí corriendo e, instintivamente, bajé al puerto. Quería verlo con mis propios ojos, quería comprobar si era real. Ahí estaba él, el viento peinaba sus canas y el frío dirigía su cuerpo hacia el suelo. Me fijé en su mirada: estaba perdida, ahogada en vino. Sin embargo, tardó poco en reconocerme, a pesar de que los años habían hecho mella en mis facciones. Aunque ya no era el niño que conoció, por dentro nunca dejé de serlo.
(1) Véase García Márquez, Gabriel - "El verano feliz de la señora Forbes"
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