...tantas cosas que tuvo, tantas emociones perdidas, tantos rostros desaparecidos.
Dicen que la distancia es la gran homicida, la esposa del olvido, el cual con su agujero negro arrasa con la energía luminosa de las cosas bellas que alguna vez existieron en nuestro universo personal. Así, un abrazo, un sofá, una cara, una caricia, unas risas -¿de quién? me pregunto- se pierden, se pierden... para siempre.
La distancia, esa palabra que a algunos conmociona por desconocimiento(1), es la que reina, como luna, en el cielo estrellado que cubre mi cabeza mientras duermo, con una sonrisa desdibujada, en un desierto desolado de emociones perdidas. La costumbre, amiga común de la distancia, maquilla la realidad; une contextos; vigila para que, en la distracción rutinaria, andemos convencidos de que nuestra vida siempre ha sido así, pues no recordamos otra.
Pero hay momentos en los que nuestro cuerpo recibe un estímulo: una canción; una película; una visión; una canción; una sonrisa; un sofá; una caricia, nos recuerdan quiénes somos y por tanto las necesidades que tenemos conforme a nuestra forma de sentir la vida.
Aquí estoy, a mil kilómetros de mi casa, echando de menos todo lo que fui, intentando evitar que mi corazón se congele con el gélido frío invernal francés, intentando no recordar todas las cosas bonitas que me estoy perdiendo de la vida (aunque estoy descubriendo otras, además de la certeza de saber la escala de los valores que merecen la pena).
Siempre pensamos que las etapas pasarán, que aquello que anhelamos vendrá en la siguiente -lo aseguramos con vehemencia- pero, ¿qué pasa si en realidad la línea de la vida es más corta de lo que pensábamos?
Mejor no pensar, ¿verdad? Resignación o elección, valor, lancémonos a vivir: acortemos las distancias todo lo que podamos, acortemos su línea vital, ganemos la batalla a la melancolía, luchemos hasta que no podamos más porque así podremos sonreír, sin olvidar que siempre se camina hacia alguna parte, pero no siempre que se camina se ha de establecer una distancia con todo lo que se ama, con el mundo al que pertenecemos o con nuestros sueños más preciados.
Vida, preciosa... preciosa... sólo existe una conocida.
(1)Recuerda que por más que huyamos de nuestro hogar no podemos huir de nosotros mismos. El hecho de quedarse en un sitio físico no implica que en el plano espiritual no se camine a ninguna parte. El lugar no importa tanto como crees, lo que importa son las personas que están en él.
Dicen que la distancia es la gran homicida, la esposa del olvido, el cual con su agujero negro arrasa con la energía luminosa de las cosas bellas que alguna vez existieron en nuestro universo personal. Así, un abrazo, un sofá, una cara, una caricia, unas risas -¿de quién? me pregunto- se pierden, se pierden... para siempre.
La distancia, esa palabra que a algunos conmociona por desconocimiento(1), es la que reina, como luna, en el cielo estrellado que cubre mi cabeza mientras duermo, con una sonrisa desdibujada, en un desierto desolado de emociones perdidas. La costumbre, amiga común de la distancia, maquilla la realidad; une contextos; vigila para que, en la distracción rutinaria, andemos convencidos de que nuestra vida siempre ha sido así, pues no recordamos otra.
Pero hay momentos en los que nuestro cuerpo recibe un estímulo: una canción; una película; una visión; una canción; una sonrisa; un sofá; una caricia, nos recuerdan quiénes somos y por tanto las necesidades que tenemos conforme a nuestra forma de sentir la vida.
Aquí estoy, a mil kilómetros de mi casa, echando de menos todo lo que fui, intentando evitar que mi corazón se congele con el gélido frío invernal francés, intentando no recordar todas las cosas bonitas que me estoy perdiendo de la vida (aunque estoy descubriendo otras, además de la certeza de saber la escala de los valores que merecen la pena).
Siempre pensamos que las etapas pasarán, que aquello que anhelamos vendrá en la siguiente -lo aseguramos con vehemencia- pero, ¿qué pasa si en realidad la línea de la vida es más corta de lo que pensábamos?
Mejor no pensar, ¿verdad? Resignación o elección, valor, lancémonos a vivir: acortemos las distancias todo lo que podamos, acortemos su línea vital, ganemos la batalla a la melancolía, luchemos hasta que no podamos más porque así podremos sonreír, sin olvidar que siempre se camina hacia alguna parte, pero no siempre que se camina se ha de establecer una distancia con todo lo que se ama, con el mundo al que pertenecemos o con nuestros sueños más preciados.
Vida, preciosa... preciosa... sólo existe una conocida.
(1)Recuerda que por más que huyamos de nuestro hogar no podemos huir de nosotros mismos. El hecho de quedarse en un sitio físico no implica que en el plano espiritual no se camine a ninguna parte. El lugar no importa tanto como crees, lo que importa son las personas que están en él.