lunes, 15 de octubre de 2007

Fausta

Hace días que no sé nada de ti. Una palabra, un gesto, una caricia disimulada, son cosas que se pierden en mi memoria. Sólo te pido una palabra para oxigenar mi cuerpo, una chispa que avive mi recuerdo, un dibujo que contemplar.
Hace semanas que no sé nada de ti. Respiro en el aire la añoranza del momento en que te vi pasar, en el que supe que ya no estaba en mi mano saber tu nombre sino que serías tú quien me lo dijera.
Viniste a mí, te acercaste a mi oido, me hablaste en un suspiro, me besaste en la mejilla al marchar.
Fuiste mi pregunta sin respuesta, deviniste un montón de líneas con forma perfecta, ardor e impaciencia se convirtieron en sinónimos de mi espera por ver tu nombre hecho persona.
Esta ciudad huele a ti, aunque ni ella ni yo hayamos sentido nunca tu perfume. Mas sí el tacto de tu lengua a través de un trozo de papel, ¡y es cierto!, las palabras sólo son palabras, pequeños fragmentos de alma que se escapan por la boca, pero mueven el mundo: enlazan el tuyo y el mío.

Segundos más tarde el frío pesa tanto como tu ausencia. Me envuelvo en una manta. Es otoño en Francia.

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